jueves 22 de diciembre de 2011

Poema de Navidad

[ NAVIDAD ]

Necesitamos un camino embarrado
Una carretera embarrada
Y una Navidad sin luna ni luces
Dejarnos barba y llamar la mujer a la propia mujer
Hablar con los mapaches y beber a solas (más o menos como ahora)
Actos de los hombres en el centro de la naturaleza
Justo al lado de las pequeñas montañas

Pero nos estamos deteriorando
Cuando la Navidad es una vecina insolente
Y usamos la lavadora para despertar a la chusma
No se recordarán muchas más cosas de estos años

Que la vida sigue es tan cierto como inane
Y a la vez brillante. Y siempre lo único

Mira a esos contables volviendo a sus alquileres
Nocturnos y cultos y faltos de valor
Mueren como este invierno: tras haber matado
Lo poco que de vida quedaba en ellos

Que la vida sigue es tan triste como necesario
Nuestra resistencia a entender nos mantendrá vivos

Libres volverán a vestir sus camisas de cuadros
Reunirán sus libros en bolsas de lona
Emprenderán el camino que benditamente les ensuciará
Abandonarán la vida que es siempre menos
Y encontrarán el invierno y el valor
La Navidad que nunca habremos de celebrar

miércoles 7 de septiembre de 2011

Conexiones

Conexiones fue un programa documental de la BBC cuya primera emisión tuvo lugar en 1978. Estaba creado y presentado por James Burke, un historiador de la ciencia que siempre sonreía. Como era de esperar el programa trataba precisamente de conectar diferentes sucesos y descubrimientos a lo largo de la humanidad, con la intención de demostrar cómo no había conocimiento aislado sino una clara interrelación entre todo el saber y sus manifestaciones. En España no tuvimos oportunidad de ver Conexiones hasta que llegaron las TV por cable y satélite y con ellas el Discovery Channel. De todos modos, si por algo destacó la serie en su periplo español fue por el doblaje mexicano del profesor Burke y su incomparable y muy amanerado conexxxxioonessss!!!!

Así pues, conectando, me dio por pensar en John Byrum. Cuando era joven decidí que quería ser un cinéfilo, y a ello me puse. Por desgracia, no eran muchos los medios de los que uno disponía en Sevilla y por entonces para ver las películas que me interesaban. Estaban los ciclos de madrugada en TVE (cintas y cintas VHS donde se apiñaba de todo, del nuevo cine alemán a olvidadas películas armenias) y poco más. Me convertí entonces en un cinéfilo que leía más cine que verlo. Uno de mis libros preferidos fue una historia del cine americano, en concreto el tercer volumen, escrito por Jose Luis Guarner que por aquella época hacía crítica en TVE con un aspecto enfermizo y una voz entre temblorosa e irónica. Murió no mucho después. Escribía de películas que yo ya conocía, de otras de las que siempre se hablaba, y también de una de la que nunca había oído ni una mención: Inserts. Y lo hacía de una manera más que laudatoria. Como venía a decir, Inserts abría un camino que se cerró con ella misma.

También en aquella época dejé de seguir a la Familia en sus actividades. Dejé de hacerlo porque todos los adolescentes lo hacen, en algún u otro momento. Y además porque la Familia se había convertido en algo irrespirable y dañino. La Familia se marchaba a pasar el fin de semana a la casa de campo y yo me quedaba en Sevilla, solo, para salir con los amigos o para quedarme en casa y hacer lo que me diera la gana. Ese instante, el de la Familia marchándose el viernes, era inigualable. Una de esas noches de viernes volví a tropezar con el nombre de Byrum.

Murray el trascendental


 A finales de los 70 principios de los 80, Byrum regaló un ejemplar de uno de sus libros preferidos a una amiga guionista tras dar a luz. El libro era El Filo de la Navaja, una antigua novela de perfeccionamiento espiritual escrita por Somerset Maugham. Sin embargo, no fue su amiga quien leyó la novela sino su marido, un actor y humorista llamado Bill Murray. Murray quedó fascinado con el libro, uno de esos libros en los que pasa de todo, y llamó a Byrum convencido de que debían hacer algo con ello. E hicieron una película. Y fue un fracaso. Nadie creyó en el proyecto desde el principio y Murray tuvo que comprometerse en otra película que le importaba un pimiento para encontrar financiación para El Filo de la Navaja. Y esa otra película fue un éxito mayúsculo y se llamó de manera descriptiva y apropiada Los Cazafantasmas. Podría decirse que en cierto modo el éxito de una propició el fracaso de la otra. La gente no se acostumbró al hecho de ver a su cazafantasmas favorito dando discursos sobre la necesidad de encontrar el camino en nuestro interior. Bill Murray, no acabó de encajar el asunto y se retirço durante 4 años a París, se matriculó en filosofía en la Sorbonne y se olvidó del cine (temporalmente gracias a Dios). De todos modos, a mi, aquella noche de viernes la película me pareció un sublime ejemplo de aquello que Truffaut (que moría poco después del estreno de la película) llamara un grand filme malade, una gran película malograda, un extraño artefacto difícil de valorar pero que me aportaba algo que precisaba en aquel momento: un objeto de culto personal. Fue tal el impacto que hasta se me olvidó ver la peli guarra del Canal Sur (otra de las delicias de quedarme solo el finde).

Tiempo después vi la versión que de El Filo de la Navaja hizo Edmund Goulding con Tyrone Power y Gene Tierney. Una película esplendida. Propia del talento subestimado de Goulding (ved si no Nightmare Alley, por ejemplo). Que convertía a la pelicula de Byrum en algo aún más grotesco (y atractivo). Uno de los momentos espectaculares en esta antigua versión es la aparición del propio Somerset Maugham (como personaje) interpretado por el siempre genial Herbert Marshall. Aparece en un barco, un trasatlántico, y el hecho resulta curioso e inquietante.

En uno de sus cuentos más celebrados (Los Milagros no se recuperan) el gran escritor argentino Bioy Casares cuenta una anécdota que realmente le sucedió. Estando de viaje en un trasatlantico (el Queen Mary, si no me equivoco) reconoció entre el pasaje a Somerset Maugham del que admiraba y mucho sus libros de viajes. Superando su natural timidez se fue a su encuentro para decirle lo habitual en estos casos (verá, es que yo le admiro mucho y...) cuando se dio cuenta de algo excepcional. Había dos Somerset Maugham. Dos personas iguales uno a cada lado de la cubierta. Este hecho le confundió tanto que perdió la ocasión de hablar con su ídolo (nos preguntamos si uno de los Maughma sería Herbert Marshall). Lo que es menos conocido es que en el mismo barco y unas horas antes Jack Kerouac (el autor de On the road) y algunos amigos suyos beatniks se dedicaron a jugar con el ascensor del barco cabreando de este modo a Somerset Maugham que esperaba para cogerlo. Un barco muy literario, y más aún si añadimos que en ese mismo viaje estaba Truman Capote borracho o mareado (aún no se sabe). Lo que me llama más la atención ahora es sin embargo la presencia de Kerouac.

Kerouac el marinero
Entre su debut Inserts y su primer fracaso El Filo de la Navaja, Byrum rodó otra muy interesante película llamada Heart Beat y que va, precisamente, sobre la Beat Generation (curioso que en España la titularan Generación Perdida dando lugar a una absurda confusión de generaciones literarias americanas). Tenemos a un improbable Kerouac interpretado por John Heard (ahora muy gordo) y un delirante Neal Cassady por un aún más delirante y borracho Nick Nolte (la escena final con Nolte en plena época hippy es mítica). Fue uno de los pocos éxitos de Byrum y aún así no es lo que se dice conocida.

 Quizá uno de los problemas en la carrera errática de Byrum fue la mala salud que le acompañó durante años. Cansancio, mareos, depresión, fatiga crónica... cuyo origen nadie parecía capaz de diagnosticar. Hasta que se descubrió que sufría la enfermedad de Lyme, o lo que es lo mismo, una infección causada por la picadura de una garrapata. Lo mismo que le sucedió a mi madre.

Estábamos en Huelva entonces. Todavía recuerdo las extrañas quejas de mi madre durante aquellos días. Le dolía la cabeza, tenía fiebre, sentía una extraña picazón en la coronilla de la que hacía culpable a la peluquera y el moldeador (muy de los 80). Cuando los dolores de cabeza se hicieron más intensos fue mi padre quien dio con la tecla gracias a su intuición de hombre de campo. Eso es un Rezno, dijo. Cómo??? Una garrapata como la llaman en mi pueblo! (después buscamos rezno en el diccionario y realmente existe). Esa misma noche mi padre arrancó la garrapata hecha una bolita llena de sangre de la cabeza moldeada de mi madre. La teoría ganadora fue que la vecina había aireado la manta del perro ventana abajo justo cuando mi madre se asomaba a fumar como hacía todas las tardes. Una pena para Byrum no haber conocido a mi padre.

Sí, este es Burke. Conexxxxiooonesssss!!!!


Byrum, Murray, Maugham, Goulding, Marshall, Bioy, Kerouac, Papá... El  profesor Burke vuelve a escena y con sonrisa beatífica dice: CONEXXXXXIOOONESSSSSS!!!

martes 30 de agosto de 2011

Sexo, suburbios y cintas de colores (es 4 de Julio)

No existe auténtica revolución hasta que la clase media se apodera de ella. Las élites siempre fueron revolucionarias pero por propia definición su alcance es siempre limitado y contenible en un salón. Mientras que el lumpen vive (o mejor dicho vivía) en su propia y continua revuelta (de tripas).

Desde una óptica sexual, las clases más altas vivieron unas libertades vedadas a las clases medias que a su vez experimentaban unas restricciones que a su vez añoraban las demasiado promiscuas clases bajas. Así pues, entre el jeu de salon y las recomendaciones higiénicas, la inmensa clase media buscaba lugar para poder disfrutar de una libertad sexual estructurada y sancionada por las leyes. Una clase media que a su vez censuraba la inconsciencia moral de las alturas y el barro carnal del arroyo. Porque como me esfuerzo en decir sin demasiado éxito hasta ahora, todo, absolutamente todo, aun en direcciones opuestas, ocurre en las clases medias.

Los USA vivieron antes que ninguna otra economía el desarrollo de una clase media masiva y poderosa que decidió agolparse en los suburbios y generar un propio sistema de valores. Una extraña mezcla de liberalismo y puritanismo, energía, sensualidad, alegría, hipocresía y restricción que colmó de neurosis y paranoia una nación nacida sobre la idea de la oportunidad y la competencia (conceptos propios de la sociedad abierta que pretende evitarlas por principio). Una buena forma de observar todo esto nos lo ofrece la literatura suburbial americana: Cheever, Yates, Connell. Los tres hicieron literatura de suburbio. Cheever y su intento aproximado en casi todo (sintaxis e intenciones) para tratar de captar algo en esencia indefinible (la propia esencia de la vida americana de clase media). Sus frustraciones personales son las de sus personajes y buena parte de las mismas son de carácter sexual. En Yates se habla directamente de desesperación, sin concesión alguna a la alegría o el optimismo. Lo sexual como algo siempre incompleto, donde resulta imposible casar la realidad interior con su trasunto público (sobre todo en la mujer). Connell y su minimalismo de doble vertiente, o cómo hacer convivir viñetas de tira cómica padre-de-familia-pipa-en-boca-alecciona-a-sus-hijos-a-ser-buenos-ciudadanos-mediante-irónica-reconvención y sordidas páginas de incesto, infidelidad, racismo y homofobia.

Lo que parece claro es que durante años se produjo en los USA una distancia insalvable entre lo real y lo representado, con su inevitable consecuencia: la rebelión de las clases medias. Contaba Gay Talese en su investigación sobre el cambio de usos sexuales en los USA durante el SXX que dicho cambio no acabó siendo comandado por las élites intelectuales, ni siquiera por las autodenominadas bohemias, sino por la acción conjunta de, por un lado, una serie de pioneros más próximos al chalán de feria y el vendedor de crecepelos y, por otro, el empuje arrollador de la burguesía por disfrutar de auténtica libertad en materia sexual. Es el caso de Hugh Hefner y Playboy, los desconocidos editores de clásicos de la literatura erótica (como aquel que publicaba novelillas subidas de tono por autores tan improbables como Carmencita de las Lunas), o los primeros en abrir salones de masajes eróticos. Solo cuando la clase media decidió que tenía derecho dentro de su libertad a decidir qué era obsceno y qué no, el concepto moderno de sexualidad quedo establecido. Pensar que en cuestión de apenas 10 años la venta de revistas con desnudos pasó de ser delito a ser un uso social da una muestra clara del alcance del cambio y la rapidez del mismo.

No obstante, ese mismo alcance, en retrospectiva, puede verse como una claudicación si lo comparamos con los ambiciosos objetivos iniciales. Durante los 60 la idea de Revolución Sexual pretendió ir más allá y socavar la propia base de la organización social, desde la pareja a la familia, hasta al modo en el que los ciudadanos se organizan convicencialmente. En cierto modo se trataba de un ajuste de cuentas histórico con el suburbio y sus miserias. Las comunas se extendieron en algunos estados de los USA. No me refiero a las ya conocidas comunas hippies, de las cuales la mayoría no pasaban de ser un amontonamiento de jóvenes sin vocación de pervivencia, sino auténticos intentos de crear sociedades comunales basadas en el amor libre, la sexualidad desinhibida y la conculcación de los modelos sociales aprendidos dentro de una regulación y un orden que hicieran posible la convivencia. Un intento burgués, pues, de superar la neurosis de origen socio-sexual que acabó, como sabemos, fracasando.

Se tiende a achacar el comienzo de la involución en temas sexuales en los USA a la aparición del SIDA. Sin embargo el SIDA fue más bien un golpe de efecto (que dió ocasión a algunos de invocar el poder divino de castigo) que una auténtica causa. La razón fue más próxima al agotamiento de un modelo basado en la absoluta sinceridad. La anulación del engaño y la ocultación (en una comunidad nudista y libre sexualmente esto es imposible) convierte cada relación social en sexual y a su vez en oportunidad de psicoanálisis comunal. Así pues, se pasó de la dictadura de la hipocresía del suburbio a esa otra (mucho más exigente) de la verdad ante todo de la comuna. Como dijo una vez la nunca demasiado bien ponderada Ana Rosa Quintana: a finales de los 70-primeros 80 una se suponía que tenía que acostarse con el primero que te lo pedía para no ser una reprimida. Quien ocultaba su sexo era un traidor en potencia.

Hoy en día vivimos en el habitual estertor barroco de un proceso no demasiado claro. Rodeados de estímulos sexuales, presos de cierta orientación sexual de carácter feminista y en pleno desarrollo de una moral homoerótica general. El concepto judeo-cristiano de culpa respecto al sexo es utilizado como un reclamo más y las ideas de sexo comunitario tienen un único sentido homosexual y escasamente filosófico. Mientras, en los suburbios y sus equivalentes europeos, la hipocresía sexual ha desaparecido no tanto por causa de la revolución de las costumbres como por el debilitamiento de los lazos vecinales. Ya solo podremos escandalizarnos a nosotros mismos, porque no habrá nadie viéndonos (al menos nadie que conozcamos).

lunes 11 de abril de 2011

Providence y el Chino

1. Una tortilla de alcachofas

Apenas termino de comer el pisto cuando me llaman de la oficina para firmar los pagos. De algún modo se nos ha pasado y decido sacrificarme y dejar a Stanley terminar su cena. Rafaé sale de la cocina con la tortilla de alcachofas. Me tengo que ir Rafaé. Pónmela en un bocadillo y que me la lleven los muchachos. Adios.

Un inmenso bocadillo de tortilla de alcachofas hecha con huevos escasamente cuajados. Pienso en la noche por venir y en los previsibles ataques de acidez dispépsica. Algo así como lo ocurrido este sábado.

2. Un chino en mi salón

Debajo está David Warner
Será la cena. Es el calor. La alergia. Me hago viejo. Mis nervios. El vino. La ausencia de vino. El ajetreo de todo el día. Es el ruido de los juerguistas. Es mi proverbial insomnio. Es sábado por la noche y no puedo dormir. Me levanto de la cama y en un arrebato me llevo con sigilo la almohada al salón y me tiro en el sofá. Tampoco puedo dormir. No puedo dormir. Y encima esos chinos a los que veo por la ventana, al otro lado del patio, poniéndose a arreglar las persianas a las 4 de la mañana. Pero no tengo patio ni ventana. Estoy durmiendo entonces. Y soñando. Y tengo frío. Me quiero levantar y no puedo. Hago un esfuerzo y despierto y voy a la cama y me tumbo junto a la Mona. Y despierto. Y estoy en el salón, sobre el sofá. Y al otro lado del patio los chinos han compuesto ya una persiana de tablillas de madera. Y hace frío. Y de repente uno de los chinos, un chino viejo, salta casi sin querer y entra en mi salón, por la ventana. Chino, no puedes meterte así en mi casa. Y asustado me levanto para decirle algo y entonces sí despierto. Finalmente. Y sigo sobre el sofá. Asustado y enfriado vuelvo al dormitorio y me acurruco junto a la Mona y lejos del chino.

3. Providence

Ese mediodía y sin generar demasiado interés a mi alrededor compro la película Providence en DVD. En uno de mis más celebrados versos se dice: La reinterpretación precisa de Providence, que viene a ser como reconocer que llegará el momento en el que queramos ser o no tengamos otro remedio que ser como Sir John Gielgud en su noche eterna de alcohol y dolor de tripas. Este dolor insoportable que me atraviesa las tripas y me llega hasta el culoooooo!!! Así dice el gran Gielgud entre copa y copa de Chablis mientras deja que sus sueños y sus insomnios se entrecrucen para crear una realidad novelada y paralela a la verdadera de su familia, donde los odios y enconos acumulados a lo largo de los años den lugar a nuevos roles en cada uno de los personajes (Bogarde, Warner, Burstyn...) o permitan la aparición de improbables secundarios: el futbolista que entrena vestido de futbolista en cualquier lugar o el hombre lobo anciano. Al final de la película se hará de día y un cansado (y aliviado Gielgud) recibirá a su famila real, encantadora y civilizada, en su mansión gótico-victoriana para comer y celebrar su cumpleaños, preanunciando (al menos yo lo veo así) una nueva noche de locura y muerte (a boire, a boire, se grita en la versión francesa), el paso lógico de la cordura a la creación.

Y todo esto como resultado de querer hacer una película sobre Lovecraft. Y echamos en falta esa película que nunca fue si bien también nos alegramos de que no fuera Resnais, siempre tan corto de talento, el que se dedicara a mezclar Providence y Arkham. Sí, algo más de desmadre en esta película de por si desmadrada se habría agradecido. Bogarde y el tándem Mercer-Warner (que ya hicieron monerías en Morgan, un caso clínico) lo merecían.

Decía Gielgud que esta era su única actuación cinematográfica al nivel de las teatrales. Y sobre él se debiera haber insistido y haber avanzado en el proceso de la creación como tal, sin perderse en las elementales referencias psicoanalítico-expresionistas que tanto le gustan a Resnais (siempre abusando del montaje y la música del chim-pón).

Aún así Providence acaba por ser una de las pocas películas que conciben de manera adulta el mundo de la literatura dentro del cine. La memoria y la ficción y la mentira como habitaciones intercambiables y fáciles de confundir. El sueño y la realidad. No es por tanto extraño esperar que un chino viejo salte a nuestro salón cualquiera de estas noches mientras dormimos o creemos dormir.

Chablis para dormir y soñar

viernes 1 de abril de 2011

Un Sueño

Una semana de enfermedad y poemas que termina. El viernes por la tarde como momento de redención por tanto tiempo perdido. Entrar y salir de un supermercado sin echar un solo vistazo al frente, procurando ser intocado por la masa y su mirada borrega. La decadencia física, la certeza de la decadencia física, como tabú. No poder pronunciar dos simples palabras: estoy enfermo. Sobreponer el ánimo a las convenciones y a las propias convenciones del ánimo. Juguetear con monedas y buscar rapidamente mi gel de manos higienizante. Tocarse menos la nariz. Bastaría con hacernos de izquierdas y ser felices. Demasiado tiempo sin oir un silencio verdadero.


Heribert vs Freud

  [ UN SUEÑO ]

Sobrevolamos una ciudad oscurecida que llamamos Madrid
La reconoces sin demasiadas dudas y yo te sigo la corriente
Dios sabe dónde estaremos y quiénes están con nosotros
Unos asientos más allá creo ver a Heribert Barrera

Antes había visitado tu casa en condición de amigo leal
Me habías comentado que tenías dos pretendientes
Un ingeniero opositor con una tienda de medidas exactas
Y un inversor bien vestido que amenazaba con arruinar tu familia

Las mismas galerías, la gran terraza, el desorden de siempre
Habremos jugado (lo recuerdo, no sé cuándo) siendo más jóvenes
Como personajes de Bioy, en el cuarto de la plancha, pálidos
La certeza de pasteles siempre dispuestos en platos de cerámica

Pero ahora desde el cielo solo vemos un Madrid aterrador y oscuro
Como si algún desastre hubiese apagado cualquier luz
Tan solo se mantiene, ya a lo lejos, el intermitente resplandor de un luminoso
Hostal Goya. Hostal Goya. Hostal Goya

No me importa demasiado. Heribert Barrera nos habla en inglés
Y yo me siento al fin cercano a ti, sin distancias ni vergüenzas
No puedo recordar habernos besado pero sé que ha sucedido
This is the fact, dice Heribert torpe y bondadosamente

El sonido de coches y obligaciones acaba con todo: otro día
Es la luz de Barcelona en triste contraste
La nostalgia de un tiempo oscuro, enfermo, improbable

lunes 28 de marzo de 2011

Dos Poemas



Dos poemas escritos este lunes. El visionado de El Espejo (Tarkovski) y la revisión de una carpeta con papeles de otro tiempo como inspiración nada disimulada.

    [ DOMINGO-LUNES ]

Imágenes sobre tierras húmedas y graneros que arden
No casan bien con aquella lejanía infantil
(competimos pisando margaritas)
Vestidos siempre iguales
Un tiempo de austeridad y migas

Los balones de caucho derrapando sobre el silencio
O los días de lluvia recluida y televisiva
Cuando la noche llega las puertas y ventanas se cierran
Y jugamos a ser la fortaleza que siempre creímos ser

Pero ahora la imagen de alguien cayendo a la húmeda hierba
Cambiando la perspectiva de todos estos años
Apenas ayuda a recuperar un simple pensamiento de entonces
Una consecuencia que pueda compartir con mis hermanos

Nos fuimos deteriorando
Como todos aquellos árboles que mi padre plantó
Disminuidos ante tanto viento y sequedad
Solo aquel que vivía del desagüe, de nuestra propia mierda
Creció por encima de las circunstancias y el tiempo

Y aquí, en esta ciudad de falsa luz
La primavera son cambios de hora y excursiones con amigos
(competimos haciendo tortillas de patatas)
Esperando la enfermedad siempre por llegar
Sin tiempo ni ganas para hablar de derrotas o dolores

Una vieja guirnalda cuelga del árbol junto a mi ventana
No recordaré muchas más cosas de estos años


     [  PAPELES VIEJOS ]


Durante cuánto tiempo repetiste la misma divisa?
“Ha llegado el momento de ser conocido en las calles”
Qué lejos de la auténtica inspiradora: Muy terrible todo
Entonces Apollinaire era como un hermano durmiente
En alguna edición barata y mal traducida

La juventud como una opción moral
Otro de los adagios que llevaron a ninguna parte
Salimos de allí como de todos los demás sitios
Inadvertidamente, en grupo, de manera educada

Revisar viejos papeles no ayuda
Un relato sobre el estadio de Morumbí
Algunas cartas enviadas a mi mismo y no respondidas
El esquema de un libro sobre los ingenieros aeroespaciales soviéticos
Y aforismos, muchos, aplicables tan solo al que suscribe

Ahora mi vida es una vida de reuniones y teleconferencias
Nunca imaginé un presente así
Donde defiendo de manera convincente propuestas disparatadas
Y expongo temas de los que no quiero saber demasiado

Y sé que no habrá nada más. Que este es mi presente continuo
Echar un vistazo a esta carpeta es un viaje al futuro no realizado
Al típico pasado de los chavales sevillanos del centro
Con sus inquietudes, sus limitaciones, su educación intachable
Su gusto por jugar a Machados y Cernudas
O Romeros Murube en primaveras floridas

Siempre nos queda la opción de quemar estos papeles viejos
Y ser, al fin, algo más libres y algo más estúpidos

viernes 25 de marzo de 2011

Mis Cioranes


Supongo que los tiempos que me tocó vivir en mi Sevilla juvenil y pre-adulta (contando que no comencé a ser adulto hasta los 27 años) fueron tiempos reveladores, llenos de circunstancias que, vista la juventud con la que alterno laboralmente a diario, podría considerar como excepcionales. Éramos un grupo de amigos, conocidos, asimilados y saludados, que nos interesábamos por los libros, la filosofia, la música, el fútbol, la cerveza, el ron, la poesía, las mujeres malas, las buenas, la amistad, los viajes al extranjero, las estadías en el extranjero, los malos estudiantes, las señoras que venían de otros países, los amaneceres, las noches junto al río, los filósofos asistémicos como Cioran y las películas francesas. Hubo de todo, claro, incluso momentos de desesperación adolescente teniéndolos ya vestidos. Pero hasta en esos momentos siempre encontraba uno algún madero de dudoda consistencia al que agarrarse, y uno de esos maderos fue Cioran.
Dos transeuntes de la calle del Amor (Pérez Galdós), Pepe y Pedro Paranoia, debatiendo cada noche sobre el sentido de la vida. Y una sola respuesta: Cioran.
vaya careto
Yo, afeitado y mucho más delgado. Tengo poco dinero y he de sopesar con cuidado los libros que compro. Vuelvo a casa con la dorada edición de Tusquets de En las Cimas de la Desesperación. En la portada la pavorosa imagen de alguien realmente desperado. Daniel y yo lo leemos y coincidimos en que es uno de los libros más divertidos que conocemos. Cioran ayuda a vivir. Lo escribió en Rumanía, en rumano, es su primer libro y le empuja a ello el no poder dormir, el insomnio incontrolado y agotador que le lleva a ese límite en el que todo parece derrumbarse. Y a pesar de todo, allí está Cioran, con su invencible buen humor entre tanto pensamiento depresivo.
Acumulando cioranes y razones varias para salir por la ventana, Cioran nos muestra que es precisamente la idea del suicidio la principal aliada del hombre y su supervivencia. Sabemos que en cualquier momento podemos acabar con todo, y la simple idea de la muerte en momentos atribulados y desazonantes le deja a uno con la sensación de haber triunfado incluso sobre la desesperación. El suicidio como nuestro mejor amigo.
Cioran es joven e insomne. No puede dormir y da paseos interminables por las calles de Sibiu (soy incapaz de imaginarme la pinta de Rumanía en los años 30). Una tarde, desesperado y en casa, hablando con su madre le dice: no puedo soportarlo más! Y su madre, harta, trsite, cansada de verle así le contesta: Si lo hubiera sabido habría abortado! Y entonces se obra el milagro. Cioran siente un alivio inmediato al comprender lo accidental de su presencia en este mundo. Se quita un peso de encima y ve la vida de un color diferente.
Del inconveniente de haber nacido, Silogismos de la Amargura, Breviario de Podredumbre... Nadie puede discutirle a Cioran su habilidad para los nombres. Ni su instinto de supervivencia. Durante 10 años vivirá de una beca para hacer una tesis que abandonó a los pocos meses (en su lugar se dedicó a viajar por Francia en bicicleta, lo que le ayudó a dormir mejor). Hasta los 40 años estuvo matriculado en la Sorbonne para poder comer en el comedor de estudiantes. Y a pesar de todo ello, rechazó todos los premios concedidos (dineros incluidos). Cioran en bicicleta hablando con los campesinos. También hizo cicloturismo por España, su país preferido.
Junto a Ionesco y Eliade forma la trinidad intelectual rumana del siglo XX. Puede que fuera mejor amigo de Ionesco, a quien veía con frecuencia en París, y también se le consideró amigo de Eliade, a quien ya conoció en sus tiempos rumanos. Sin embargo, oyendo a Cioran uno piensa que no fueron tan amigos, y que una corriente de rencores subterfugios les fue carcomiendo durante los años. A medida que morían salían a la luz cartas, artículos, declaraciones de alguno de ellos denunciando, criticando o simplemente menospreciando a alguno de los otros. Curioso que Ionesco y Cioran hablaran en francés entre ellos. Cioran, cercano a la cuarentena, abandona su lengua materna mientras traduce al rumano a Mallarmé. Se pregunta: pero para qué traduzco yo algo al rumano si el rumano lo hablan 4 gatos y a nadie en el mundo le importa? Decide entonces escribir en francés. Y descubre que es escribiendo en otra lengua el mejor modo de anteponer el estilo a la pasión, al arrebato. Ninguna literatura ha antepuesto tanto el estilo como la francesa. El francés le da claridez expositiva a Cioran y le permite o le empuja casi al aforismo a la forma breve y a cierto estilo entre desdeñoso e irónico. De En las cimas de la Desperación a Breviario de Podredumbre hay una gran distancia. Aunque yo me quedo con las cimas rumanas.
Durante más de 50 años Cioran vivió con la misma mujer. Simone Boue, una profesora de instituto. Vivieron en un minúsculo apartamento en el barrio Latino. De manera austera, haciendo turismo en bicicleta, aceptando las invitaciones a cócteles literarios para beber gratis. A veces juego a ser Cioran, pero me dura poco. Sobre todo cuando llego cada mañana a la oficina y entro en este mundo donde todo es importante, donde todo tiene un sentido y donde existen valores facilmente registrables en un folleto desplegable.